28 noviembre 2010

que no muera la cultura



Desde los tiempos de Súper Sábados en la década de los ochenta del siglo pasado siempre estuvo claro que era diferente. Y se encargaba de demostrarlo con sus peinados estrambóticos, sus trajes rimbombantes y sus prendas de Kation, una boutique exclusiva que anunciaba con la dicción plástica y perfecta que tiene la gente culta de alta sociedad. Era distinta a la chusma de caserío que iba al programa con sus afros, en mahones y chancletas con la esperanza del pobre, abrir "El Cofre de los $3,000."

A sus más de sesenta años Johanna Rosaly ya no tiene que pasar por el suplicio de saludar a la gente poniendo sus mejillas en contacto con las de ellos como lo hacía forzadamente con la gente de orilla que iba a aquel programa de juegos. Ahora, más de veinte años después, el saludo es un pequeño ramo de rosas que le entrega desde su silla de piel a sus selectos invitados que van a escucharla comentar sobre algunos de los temas que conoce y domina porque el conocimiento que emana de este Faro de Alejandría hecho mujer es tal que los interrumpe en medio de alguna contestación sin poder contenerse. Ballet, música clásica, crítica literaria, cine, teatro, moda, historia, educación, arquitectura, pintura, televisión, inglés básico y francés para principiantes que habla a la menor provocación para instruir a los televidentes sin cultura.

Ella lleva la cultura a flor de piel. La cultura fina de conciertos de cámara, zarsuelas y ópera. La cultura blanca y estirada que huele a fragancias europeas, la cultura de société. La cultura y ella son uno porque Johanna Rosaly mantiene la Cultura Viva.


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